TARTARYAICAN

Inocente Novoa Huamán tiene 88 años de edad. Dice que él y sus antepasados siempre habitaron en esta zona de Tartar, donde los ríos Mashcón y Chonta se unen para formar un solo gran afluente. Y de los cuentos que sus abuelos le contaron se ha inspirado el relato: Tartayaican.
En el auge de la colonia, el virrey otorgó estas tierras a Don José de Arana, ex general del ejército real español, quien construyó una hermosa y amplia casa en medio de la pradera. No presagió que los amplios salones acrecentarían su soledad. Entonces, mandó a traer a su hija Antonia desde España. Y con las primeras lluvias del año ella también arribó al sagrado valle de Cajamarca.
Con el paso del tiempo Antonia desarrolló su sensibilidad, al punto que anticipaba tormentas e inundaciones: El aire frío del Este rosando su piel, el sonido de las piedras rodando en el río, formas y movimientos de las nubes, la chispeante mirada de los indios y el vuelo de las aves, eran parte de su diagrama de anuncios. En una ocasión el río se estremeció con furia. Fue entonces que escuchó por primera vez a los indios decir con apremio: “tartaryaican... tartaryaican...”. Aquella vez llovió con tal intensidad que los sembríos se perdieron con el desborde de las aguas.
Antonia, intrigada fue a buscar a Juana Chacha, la india encargada de las tareas domésticas en la casa de su padre, y le preguntó qué significaba “tartaryaican”. Ella le dijo: - Niña eso quiere decir que el río suena fuerte porque está enojado. Quiere música, quiere que le canten para que se calme. - Yo sé cantar- replicó Antonia. - No niña, eso solo lo pueden hacer los curanderos-, sentenció la india. Al cabo de unos días, Juana en secreto confesó a Antonia que una familia de músicos curanderos vivía muy lejos en las montañas del Cumbemayo.
Llegado el momento, ambas convinieron y salieron furtivamente rumbo a las exequias, pero solo Juana se acercó porque era reunión de indios. Antonia observaba detrás de un árbol y el joven indio, que tocaba un extraño instrumento de viento, atrajo su atención. Un profundo silencio precedió a la música. Juana se acercó al mismo joven que Antonia seguía minuciosamente desde lejos. Su nombre era Inti Sonqo y era conocido por su nobleza y buen corazón. Sin embargo, al enterarse que el servicio era para un español se resistió. Fue entonces que Antonia, al percatarse de la negativa, se acercó.
Inti Sonqo quedó pasmado ante la presencia de Antonia, mantuvo silencio unos instantes y se volvió hacia Juana diciéndole inesperadamente que sí ayudaría, que sí haría música para calmar el río con la condición de que ella, y señaló a Antonia, cantará con él. Frente a tal solicitud, Antonia quedó desconcertada; pero algo en su interior le decía que aceptase.
Desde aquel día los dos jóvenes fueron juntos a la orilla del río y mientras él tocaba con dulzura su flauta ella cantaba con solemnidad. Así mismo ofrendaron melodías al amanecer en la montaña Qhayacpoma y hasta danzaron con el espíritu del fuego y el agua en el manantial de Pultumarca.
De la mano de Inti Sonqo, Antonia fue descubriendo la belleza y el verdadero tesoro de este nuevo mundo. Sin embargo, a todo sitio que fue, lo hizo ocultándose de su padre, quien no tardó en enterarse de su acercamiento al indio.
Enfurecido encerró a su hija y mando a castigar al músico curandero.Al poco tiempo envió a su hija de regreso a España. Por las noches cerca del río se escuchaban las tristes notas de una flauta solitaria.
Luego de eso, aunque se precipitó la lluvia con fiereza, el río no volvió a desbordarse. Ya nadie dijo “tartaryaican”, y solo se escuchaban las piedras del río golpeándose entre sí. Tartar… tartar… sonaba, como toques de tambor o como los apresurados latidos del corazón enamorado.

Proyecto fotográfico que recrea la historia sobre el origen del nombre: “Tartar”, zona ubicada en la parte baja del valle de Cajamarca. Actualmente, ahí se ubica un hotel del mismo nombre (Hotel Tartar), que ha promovido la exposición permanente de este trabajo artístico.

Para añadir sustento cultural a la presente propuesta narrativa han sido de valioso aporte las referencias del quechua de Porcón y Chetilla, brindadas por el profesor Alberto Romero. 

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En el auge de la colonia, el virrey otorgó estas tierras a Don José de Arana, ex general del ejército real español, quien construyó una hermosa y amplia casa en medio de la pradera. No presagió que los amplios salones acrecentarían su soledad. Entonces, mandó a traer a su hija Antonia desde España. Y con las primeras lluvias del año ella también arribó al sagrado valle de Cajamarca. 

Con el paso del tiempo Antonia desarrolló su sensibilidad, al punto que anticipaba tormentas e inundaciones: El aire frío del Este rosando su piel, el sonido de las piedras rodando en el río, formas y movimientos de las nubes, la chispeante mirada de los indios y el vuelo de las aves, eran parte de su diagrama de anuncios.

En una ocasión el río se estremeció con furia. Fue entonces que escuchó por primera vez a los indios decir con apremio: “tartaryaican… tartaryaican…”. Aquella vez llovió con tal intensidad que los sembríos se perdieron con el desborde de las aguas. 

Antonia, intrigada fue a buscar a Juana Chacha, la india encargada de las tareas domésticas en la casa de su padre, y le preguntó qué significaba “tartaryaican”. Ella le dijo:
– Niña eso quiere decir que el río suena fuerte porque está enojado. Quiere música, quiere que le canten para que se calme. 
– Yo sé cantar- replicó Antonia.
– No niña, eso solo lo pueden hacer los curanderos-, sentenció la india.

Al cabo de unos días, Juana en secreto confesó a Antonia que una familia de músicos curanderos vivía muy lejos en las montañas del Cumbemayo. Sin embargo, añadió: “Pronto vendrán cerca de la casa, niña. Estarán en Otuzco, donde celebrarán una ceremonia para los muertos”.

Llegado el momento, ambas convinieron y salieron furtivamente rumbo a las exequias, pero solo Juana se acercó porque era reunión de indios. Antonia observaba detrás de un árbol y el joven indio, que tocaba un extraño instrumento de viento, atrajo su atención. 

Un profundo silencio precedió a la música. Juana se acercó al mismo joven que Antonia seguía minuciosamente desde lejos. Su nombre era Inti Sonqo y era conocido por su nobleza y buen corazón. Sin embargo, al enterarse que el servicio era para un español se resistió. Fue entonces que Antonia, al percatarse de la negativa, se acercó. 

Inti Sonqo quedó pasmado ante la presencia de Antonia, mantuvo silencio unos instantes y se volvió hacia Juana diciéndole inesperadamente que sí ayudaría, que sí haría música para calmar el río con la condición de que ella, y señaló a Antonia, cantará con él.

Frente a tal solicitud, Antonia quedó desconcertada; pero algo en su interior le decía que aceptase. Desde aquel día los dos jóvenes fueron juntos a la orilla del río y mientras él tocaba con dulzura su flauta ella cantaba con solemnidad. Así mismo, ofrendaron melodías al amanecer en la montaña Qhayacpoma y hasta danzaron con el espíritu del fuego y el agua en el manantial de Pultumarca.

De la mano de Inti Sonqo, Antonia fue descubriendo la belleza y el verdadero tesoro de este nuevo mundo. Sin embargo, a todo sitio que fue, lo hizo ocultándose de su padre, quien no tardó en enterarse de su acercamiento al indio. Enfurecido encerró a su hija y mandó a castigar al músico curandero. 

Al poco tiempo envió a su hija de regreso a España. Por las noches cerca del río se escuchaban las tristes notas de una flauta solitaria. Luego de eso, aunque se precipitó la lluvia con fiereza, el río no volvió a desbordarse. Ya nadie dijo “tartaryaican”, y solo se escuchaban las piedras del río golpeándose entre sí. Tartar… tartar… sonaba, como toques de tambor o como los apresurados latidos del corazón enamorado.

(Proyecto de foto narrativa patrocinado por Hotel TARTAR. Producción: Jorge Arturo Collantes Hoyos. Dirección artística: José Eduardo Díaz Camacho. Actúan: Martín Mendoza Vásquez y Antonella Rebaza Mendoza. Vestuario: Pedro Arevalo)

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